Augusta Bolta y otros textos

    Kurt Schwitters

    Traducción de: Martina Fernández Polcuch

    ISBN 978-987-3670-54-1

    152 pp.

    Junio de 2026


    En el relato Augusta Bolta, traducido al español por primera vez, la protagonista decide averiguar lo que está pasando. Para eso, no deja de tomar decisiones sensatas, mientras se extravía cada vez más. El artista, poeta, diseñador Kurt Schwitters lo escribió en 1923 como parodia a la Academia, a la relación entre el arte y la crítica, y sigue vigente. A contrapelo de los hábitos de lectura, el relato muestra el criterio libre y liberador que distingue al escandaloso Schwitters.

    En conjunto con los otros textos -poesías y prosas breves seleccionadas por la magnífica traductora Martina Fernández Polcuch- aparece un universo dislocado que recuerda al de Oliverio Girondo o Leo Masliah.



    Kurt Schwitters por él mismo


    Nacido en Hanóver el 20 de junio de 1887.

    Cursé la escuela secundaria en Hanóver y, a pedido de mis padres, me vi obligado a rendir el examen final del bachillerato porque querían que yo estudiara algo. Pero para mí, las únicas opciones eran pintar, amasar barro, escribir poemas.

    Me sometí a una formación en la Escuela de Altos Oficios en Hanóver durante un año y de 1909 a 1914 en la Academia de Artes de Dresde. Entre una y otra, incursioné en la Academia de Artes de Berlín, de donde me expulsaron por inepto incurable. Nunca alcancé grandes resultados en las escuelas de arte porque no tengo la capacidad de aprender –es una pena que cargo– y lo que yo quería y necesitaba hacer no figuraba en los planes de estudio. Para mí, el arte significa crear y no imitar, ya se trate de la naturaleza o de colegas más importantes, como suele ser el caso.

    Durante la guerra todo entró en efervescencia. Lo que había adquirido en la academia no me era de utilidad, lo nuevo, utilizable, todavía se estaba gestando; […] llegó el fin de todo ese engaño que los hombres llaman guerra. Dejé mi puesto de trabajo sin siquiera renunciar y ahí las cosas empezaron a fluir. Comenzó la verdadera efervescencia. Me sentía libre y necesitaba transmitirle al mundo entero mi alegría a los gritos. Para economizar, fui tomando lo que encontraba por ahí, porque éramos un país empobrecido. También se puede transmitir a los gritos con residuos, y eso es lo que hice, uniéndolos con cola y clavos. Le puse el nombre de Merz, pero era mi gran plegaria por la salida triunfal de la guerra, porque otra vez había triunfado la paz. Total, ya estaba todo roto, y lo que había que hacer era construir algo nuevo con los fragmentos. Pero de eso se trata Merz. Yo me puse a pintar, clavar clavos, pegar con cola, hacer poesía y experimentar el mundo en Berlín. Como Berlín era la ciudad más barata del mundo, estaba llena de extranjeros interesantes. Mi Anna Blume cosechó triunfos, me despreciaron, me mandaron amenazas por carta y evitaron mi persona. Era como un reflejo de la revolución en mi interior, no de cómo era, sino de cómo debería haber sido. […] Me puse a construir, y me importaba más el hecho en sí de construir que los fragmentos. Más no puedo escribir sobre mi arte.


    Augusta Bolta y otros textos

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    Augusta Bolta y otros textos

    Kurt Schwitters

    Traducción de: Martina Fernández Polcuch

    ISBN 978-987-3670-54-1

    152 pp.

    Junio de 2026


    En el relato Augusta Bolta, traducido al español por primera vez, la protagonista decide averiguar lo que está pasando. Para eso, no deja de tomar decisiones sensatas, mientras se extravía cada vez más. El artista, poeta, diseñador Kurt Schwitters lo escribió en 1923 como parodia a la Academia, a la relación entre el arte y la crítica, y sigue vigente. A contrapelo de los hábitos de lectura, el relato muestra el criterio libre y liberador que distingue al escandaloso Schwitters.

    En conjunto con los otros textos -poesías y prosas breves seleccionadas por la magnífica traductora Martina Fernández Polcuch- aparece un universo dislocado que recuerda al de Oliverio Girondo o Leo Masliah.



    Kurt Schwitters por él mismo


    Nacido en Hanóver el 20 de junio de 1887.

    Cursé la escuela secundaria en Hanóver y, a pedido de mis padres, me vi obligado a rendir el examen final del bachillerato porque querían que yo estudiara algo. Pero para mí, las únicas opciones eran pintar, amasar barro, escribir poemas.

    Me sometí a una formación en la Escuela de Altos Oficios en Hanóver durante un año y de 1909 a 1914 en la Academia de Artes de Dresde. Entre una y otra, incursioné en la Academia de Artes de Berlín, de donde me expulsaron por inepto incurable. Nunca alcancé grandes resultados en las escuelas de arte porque no tengo la capacidad de aprender –es una pena que cargo– y lo que yo quería y necesitaba hacer no figuraba en los planes de estudio. Para mí, el arte significa crear y no imitar, ya se trate de la naturaleza o de colegas más importantes, como suele ser el caso.

    Durante la guerra todo entró en efervescencia. Lo que había adquirido en la academia no me era de utilidad, lo nuevo, utilizable, todavía se estaba gestando; […] llegó el fin de todo ese engaño que los hombres llaman guerra. Dejé mi puesto de trabajo sin siquiera renunciar y ahí las cosas empezaron a fluir. Comenzó la verdadera efervescencia. Me sentía libre y necesitaba transmitirle al mundo entero mi alegría a los gritos. Para economizar, fui tomando lo que encontraba por ahí, porque éramos un país empobrecido. También se puede transmitir a los gritos con residuos, y eso es lo que hice, uniéndolos con cola y clavos. Le puse el nombre de Merz, pero era mi gran plegaria por la salida triunfal de la guerra, porque otra vez había triunfado la paz. Total, ya estaba todo roto, y lo que había que hacer era construir algo nuevo con los fragmentos. Pero de eso se trata Merz. Yo me puse a pintar, clavar clavos, pegar con cola, hacer poesía y experimentar el mundo en Berlín. Como Berlín era la ciudad más barata del mundo, estaba llena de extranjeros interesantes. Mi Anna Blume cosechó triunfos, me despreciaron, me mandaron amenazas por carta y evitaron mi persona. Era como un reflejo de la revolución en mi interior, no de cómo era, sino de cómo debería haber sido. […] Me puse a construir, y me importaba más el hecho en sí de construir que los fragmentos. Más no puedo escribir sobre mi arte.


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